Castrarse

“Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar”, dice un versículo del libro de Corintios cuya interpretación literal desembocó en la prohibición papal para que las mujeres cantaran en las iglesias italianas. Corría el siglo XVI, estelarizado por la inquisición romana.

La disposición vaticana abrió nicho para la explosión de una práctica nefasta que ya existía en distintos movimientos musicales: la castración de niños varones para “conservar” en la adultez sus infantiles voces agudas, y que ocupasen el lugar de las soprano y mezzosoprano en los coros de las capillas y en los teatros. Se les conocía como castrati, y se les operaba entre los 7 y los 12 años, antes del “cambio de voz” que llega con la adolescencia.

Según distintas investigaciones históricas, incluida una difundida recientemente por la BBC, en los años de mayor auge durante la era de los castrati (entre los siglos XVII y XVIII) se operó hasta 4000 niños por año. La mayoría provenía de familias pobres que veían en la voz del hijo la oportunidad para todos. Sin embargo fueron poquísimos los que alcanzaron celebridad, convertidos en una suerte de ancestros de los actuales y más excéntricos pop stars. Fueron muchos más los que murieron en el intento, víctimas de infecciones o efectos secundarios de prácticas rudimentarias.

No fue sino hasta finales del siglo XVIII, con la Ilustración, que las ovaciones a las “voces blancas” de los castrati empezaron a ceder terreno ante la consciencia más o menos generalizada de que mutilar a niños con cualquier fin, incluidas las más bellas de las artes, era una atrocidad.

En 1878, el Papa León XIII prohibió definitivamente la contratación de nuevos castrati en las iglesias y Pío X ordenó que sus lugares fueran ocupados por niños. Por niños, digamos, enteros.

No tiene caso recordar cuántas otras barbaridades históricas marcaron los siglos que nos preceden, en el viejo y en el nuevo mundo, en oriente y occidente. Muchas, aberraciones que en su tiempo fueron aplaudidas y ovacionadas por multitudes cultas, ilustradas, y acostumbradas.

Pero entonces alguien se atreve a levantar la mano, e introduce una idea disidente en la corriente arrasadora del status quo. Y otro, que lo escucha, piensa que tal vez tiene razón. Que de pronto el que siempre haya sido así no tiene por qué decretar que lo siga siendo.

Abrazar los cambios es -con mucha frecuencia- hacer historia, en lugar de arrastrarla. Decía una frase que durante años se le atribuyó a Victor Hugo, pero que en su acepción literal pertenece al novelista francés Gustave Aimard: Hay algo más poderoso que la fuerza brutal de las bayonetas: la idea cuyo tiempo ha llegado y cuya hora ha sonado.”

La alternativa al cambio es que nada ocurra. La castración del intelecto. La mente dormida ahí donde se siente cómoda, arrullada por cantos de sirenos.

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